
El término ISMO asociado a un nombre o apellido viene a consagrar el conjunto de ideas, la manera de interpretar el mundo o una tendencia innovadora que expresa generalmente la persona y que, al momento de aplicarse en la sociedad determina un cambio en la misma. Si de eso se trata, el “fujimorismo” como tal no existe.
Es indudable que un tipo de política asociada al apellido Fujimori ha nacido en el escenario social peruano desde que el aprismo lo diera a la luz. Y éste se corresponde con el pragmatismo con que Fujimori apareció, se definió políticamente y desarrolló en el contexto político del país, pero también a la consecuencia que dicho pragmatismo ha dejado en la sociedad; sobre todo, porque sin quererlo llenó el vacío que las agrupaciones políticas peruanas habían dejado de lado al no entender el cambio social que la economía informal venia generando en el país.
Así, los liberales no entendían como ni porque la economía informal desbordaba al país y con él sus propios cimientos; los apristas no entendían donde estaban los trabajadores manuales e intelectuales que decían representar y, por último la izquierda, que no entendió la radicalización que había originado con su prédica, tampoco entendía como el trabajador informal significaba un nuevo país que nacía y se desbordaba a pesar de sus ideales de querer representarlo.
Por eso y sin lugar a dudas, Fujimori expresa varias cosas a la vez en nuestro país.
Por un lado está el autoritarismo, algo muy propio de nuestra sociedad que nació bajo el tutelaje extranjero y se desarrolló sobre la base de las luchas fratricidas que nos trajo el caudillismo en el país. Heredero de ese caudillismo, es el tutelaje que los militares han hecho suyo y que los ha hecho ganar de manera impropia posiciones dentro de la estructura del poder en el país.
Por otro lado está el mesianismo. Que convertido en una cuña ha traspasado ya a varias agrupaciones políticas peruanas. La necesidad de creer en un “mesías” que nos “convierta primero a una fe”, y luego de manera predestinada cambie nuestro futuro, está impregnado en el imaginario del país y la nación desde hace mucho tiempo. Es más, en tiempos de la colonia ya existía la figura del Inkarri, que asocia el mesianismo a la cultura peruana.
Por último, la falta de institucionalidad en el país, abona a favor de figuras como las que expresa Fujimori. Ese y no otro es el significado, por ejemplo, de que su hija lidere las encuestas de intención de voto a más de 2 años de la próxima contienda electoral nacional. La crisis de los partidos que se inició a fines de los 80, propiciado cuando no por el aprismo, no ha sido resuelta. Sino más bien se ahondó con el descalabro que nos trajo la hiperinflación y luego el desborde de la economía informal y sus nacientes estratos sociales.
Un caso curioso que habría que analizar aquí, es que desde hace un tiempo, se dice que el líder nacionalista Ollanta Humala representa el antisistema. Pero se obvia decir, que es precisamente la candidata Fujimori quien representa mejor el antisistema. Porque, valgan verdades, nadie puede creer que con la formación que tiene y el pasivo que significa su apellido ella pueda ser o aparecer como una abanderada de la democracia. Eso ni pensarlo. Empezando porque anuncia que de ser elegida lo primero que haría es amnistiar a su progenitor. Algo totalmente antidemocrático e ilegal.
Vista las cosas así. Y, si como dicen los sociólogos el punto de partida de la política es saber a quién se representa, los satélites de Fujimori tendrán que buscar ideas para tratar de representar ahora una posición dentro del nuevo espectro político peruano. Ideas que signifiquen cohesión de la nación, reafirmación de la democracia y continuidad del desarrollo que el país viene alcanzando con sacrificio, pero también con esperanza. No olvidemos que su paso por la política peruana ha dejado una estela de impunidad, corrupción y sombras de duda sobre muchos de sus más visibles representantes. Algo que la historia ha demostrado siempre te pasa la factura.
Es indudable que un tipo de política asociada al apellido Fujimori ha nacido en el escenario social peruano desde que el aprismo lo diera a la luz. Y éste se corresponde con el pragmatismo con que Fujimori apareció, se definió políticamente y desarrolló en el contexto político del país, pero también a la consecuencia que dicho pragmatismo ha dejado en la sociedad; sobre todo, porque sin quererlo llenó el vacío que las agrupaciones políticas peruanas habían dejado de lado al no entender el cambio social que la economía informal venia generando en el país.
Así, los liberales no entendían como ni porque la economía informal desbordaba al país y con él sus propios cimientos; los apristas no entendían donde estaban los trabajadores manuales e intelectuales que decían representar y, por último la izquierda, que no entendió la radicalización que había originado con su prédica, tampoco entendía como el trabajador informal significaba un nuevo país que nacía y se desbordaba a pesar de sus ideales de querer representarlo.
Por eso y sin lugar a dudas, Fujimori expresa varias cosas a la vez en nuestro país.
Por un lado está el autoritarismo, algo muy propio de nuestra sociedad que nació bajo el tutelaje extranjero y se desarrolló sobre la base de las luchas fratricidas que nos trajo el caudillismo en el país. Heredero de ese caudillismo, es el tutelaje que los militares han hecho suyo y que los ha hecho ganar de manera impropia posiciones dentro de la estructura del poder en el país.
Por otro lado está el mesianismo. Que convertido en una cuña ha traspasado ya a varias agrupaciones políticas peruanas. La necesidad de creer en un “mesías” que nos “convierta primero a una fe”, y luego de manera predestinada cambie nuestro futuro, está impregnado en el imaginario del país y la nación desde hace mucho tiempo. Es más, en tiempos de la colonia ya existía la figura del Inkarri, que asocia el mesianismo a la cultura peruana.
Por último, la falta de institucionalidad en el país, abona a favor de figuras como las que expresa Fujimori. Ese y no otro es el significado, por ejemplo, de que su hija lidere las encuestas de intención de voto a más de 2 años de la próxima contienda electoral nacional. La crisis de los partidos que se inició a fines de los 80, propiciado cuando no por el aprismo, no ha sido resuelta. Sino más bien se ahondó con el descalabro que nos trajo la hiperinflación y luego el desborde de la economía informal y sus nacientes estratos sociales.
Un caso curioso que habría que analizar aquí, es que desde hace un tiempo, se dice que el líder nacionalista Ollanta Humala representa el antisistema. Pero se obvia decir, que es precisamente la candidata Fujimori quien representa mejor el antisistema. Porque, valgan verdades, nadie puede creer que con la formación que tiene y el pasivo que significa su apellido ella pueda ser o aparecer como una abanderada de la democracia. Eso ni pensarlo. Empezando porque anuncia que de ser elegida lo primero que haría es amnistiar a su progenitor. Algo totalmente antidemocrático e ilegal.
Vista las cosas así. Y, si como dicen los sociólogos el punto de partida de la política es saber a quién se representa, los satélites de Fujimori tendrán que buscar ideas para tratar de representar ahora una posición dentro del nuevo espectro político peruano. Ideas que signifiquen cohesión de la nación, reafirmación de la democracia y continuidad del desarrollo que el país viene alcanzando con sacrificio, pero también con esperanza. No olvidemos que su paso por la política peruana ha dejado una estela de impunidad, corrupción y sombras de duda sobre muchos de sus más visibles representantes. Algo que la historia ha demostrado siempre te pasa la factura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario